Nunca lo he visto sentado en otra parte. Casi estoy por creer que el montoncito de piedras de su esqueleto es un retoño de su silla salvaje: su tronco de pino tronador y antiguo, tan antiguo que, según el calendario rural, no lo trajeron los hombres, sino la preñez del río bajo una noche en que la montaña se puso rabiosa y quería ahogar el valle.
De no sé qué viento, de qué nido se desprendió su anatomía de pájaro… Casi no se mueve; su siempre, su único movimiento, su vicio, su ocio es una flauta de hueso primitiva, sentimental, supersticiosa.
El sol lo desacurruca, le desenvuelve su cuerpo enrollado y flaco. Entonces, su hueso sonoro, casi vivo, comienza lentamente a estirarse en un monótono quejido (Chinchina no lo sabe), pero yo veo que la flauta se pone larga como la callecita de la aldea, y sigue no sé hasta dónde…
Pero hay algo más que Chinchina no ha visto; hay algo más que no quiero decirle. ¿Para qué ponerla tan cerca de la tierra? Se le pueden ensuciar sus preguntas. Tal vez no podrían regresar sus palabras ni su mirada.
No, no puedo decirle a Chinchina por qué tiemblo cada vez que escucho la flauta del cojo. El no me ha dicho nada, no me ha contado nada; ni siquiera el cochero ni el barbero que tienen en el buche al pueblo.
Pero la flauta ha puesto chismoso al aire…
Yo tiemblo. Tiemblo mucho más ante ese hueso ahora…
No, no quiero decirle a Chinchina que esa flauta, que ese hueso es de la pierna del músico mutilado.
Sin embargo, la flauta que es un poquito de cádaver, lucha porque no entierren al flautista.
[del libro Chinchina busca el tiempo del autor Manuel del Cabral]