El Relojero Ahorcado
Mucho antes de que las huellas de la recua arrugaran la cara de barro del camino; casi cuando los gallos se vistieron de música; ya, y en el fondo del patio, un anciano atado al cuello pendía de una rama de tamarindo. No quise despertar a Chinchina; y mis ojos rurales que se habían levantado a ver el alba, madrugaron con un trozo de ocaso…
Aquel anciano era el fruto más maduro del árbol, también el más pesado… y no caía; sólo a ratos, su figura flaca, títere del vegetal, se movía con el viento como si fuese una aguja imantada que oscila buscando algo en la tierra… pero era la brújula de un viaje más largo…
La campana madrugadora fue creciendo, despertó mucho antes que los pájaros del valle; entonces, el rojo del amanecer comenzó a salir espeso por la boca de aquel tranquilo, de aquel manso viejito que nunca fue chismoso y hoy tiene la lengua larga…
Aun Chinchina duerme. En tanto, yo, ahora, ante este atardecer en medio de la mañana, ¡cómo me gustaría que Chinchina supiera que estoy tan joven, que estoy aquí sin edad… pues creo, al ver este anciano muerto, que el Tiempo se ha suicidado!
[del libro Chinchina busca el tiempo, del autor Manuel del Cabral]
