Bajo el tapete

December 22, 2007

El Relojero Ahorcado

Filed under: Hojeando

Mucho antes de que las huellas de la recua arrugaran la cara de barro del camino; casi cuando los gallos se vistieron de música; ya, y en el fondo del patio, un anciano atado al cuello pendía de una rama de tamarindo. No quise despertar a Chinchina; y mis ojos rurales que se habían levantado a ver el alba, madrugaron con un trozo de ocaso…

Aquel anciano era el fruto más maduro del árbol, también el más pesado… y no caía; sólo a ratos, su figura flaca, títere del vegetal, se movía con el viento como si fuese una aguja imantada que oscila buscando algo en la tierra… pero era la brújula de un viaje más largo…

La campana madrugadora fue creciendo, despertó mucho antes que los pájaros del valle; entonces, el rojo del amanecer comenzó a salir espeso por la boca de aquel tranquilo, de aquel manso viejito que nunca fue chismoso y hoy tiene la lengua larga…

Aun Chinchina duerme. En tanto, yo, ahora, ante este atardecer en medio de la mañana, ¡cómo me gustaría que Chinchina supiera que estoy tan joven, que estoy aquí sin edad… pues creo, al ver este anciano muerto, que el Tiempo se ha suicidado! 

 

 

[del libro Chinchina busca el tiempo, del autor Manuel del Cabral

December 15, 2007

El Flautista Cojo

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Nunca lo he visto sentado en otra parte. Casi estoy por creer que el montoncito de piedras de su esqueleto es un retoño de su silla salvaje: su tronco de pino tronador y antiguo, tan antiguo que, según el calendario rural, no lo trajeron los hombres, sino la preñez del río bajo una noche en que la montaña se puso rabiosa y quería ahogar el valle.

De no sé qué viento, de qué nido  se desprendió su anatomía de pájaro… Casi no se mueve; su siempre, su único movimiento, su vicio, su ocio es una flauta de hueso primitiva, sentimental, supersticiosa.

El sol lo desacurruca, le desenvuelve su cuerpo enrollado y flaco. Entonces, su hueso sonoro, casi vivo, comienza lentamente a estirarse en un monótono quejido (Chinchina no lo sabe), pero yo veo que la flauta se pone larga como la callecita de la aldea, y sigue no sé hasta dónde…

Pero hay algo más que Chinchina no ha visto; hay algo más que no quiero decirle. ¿Para qué ponerla tan cerca de la tierra? Se le pueden ensuciar sus preguntas. Tal vez no podrían regresar sus palabras ni su mirada.

No, no puedo decirle a Chinchina por qué tiemblo cada vez que escucho la flauta del cojo. El no me ha dicho nada, no me ha contado nada; ni siquiera el cochero ni el barbero que tienen en el buche al pueblo.

Pero la flauta ha puesto chismoso al aire…

Yo tiemblo. Tiemblo mucho más ante ese hueso ahora…

No, no quiero decirle a Chinchina que esa flauta, que ese hueso es de la pierna del músico mutilado.

Sin embargo, la flauta que es un poquito de cádaver, lucha porque no entierren al flautista.

 

[del libro Chinchina busca el tiempo del autor Manuel del Cabral






















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